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Cuando redacto un laudo, pienso en la parte que va a perder

Cuando redacto un laudo, pienso sobre todo en la parte que va a perder.

La que gana necesita poco del laudo: la parte dispositiva y la certeza de que se sostiene. La que pierde necesita todo lo demás. Necesita entender por qué. Necesita encontrar sus argumentos en el texto, tomados en serio, y ver en qué punto exacto dejaron de alcanzar.

Me costó años verlo así. Al principio uno escribe para demostrar que resolvió bien: ordena los hechos, aplica el derecho, llega a la conclusión. Es correcto y es insuficiente. Un laudo que solo explica por qué ganó el que ganó deja a la otra parte con la sensación de que no fue escuchada. Y esa sensación, fundada o no, es terreno fértil para un recurso de anulación.

Por eso hay una prueba que me impongo antes de firmar: releer el laudo como si fuera el abogado de la parte vencida. Buscar el argumento que planteó y que el texto no responde. La pregunta que su cliente haría al leerlo y que el laudo no contesta. Si la encuentro, el laudo no está terminado.

Es el mismo ejercicio que el lunes recomendé a quien litiga —leer el propio caso como lo leería el adversario—, aplicado a quien decide.

No se trata de consolar a nadie. Un laudo no es un gesto de cortesía: es una decisión que debe defenderse sola, sin el árbitro al lado para explicarla. Pero buena parte de la legitimidad del arbitraje se juega ahí, en que quien pierde pueda no estar de acuerdo y aun así reconocer que fue oído.

Ronald Brian Martin Alarcón · Publicado originalmente en LinkedIn.

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